PARTIDA
November 17, 2010Aguamala 1 Comment »
Las bolsas de basura azul se iban acumulando junto a la puerta. Los montones de papeles y los libros ocupaban su lugar dentro de las cajas de cartón maltrechas que habían contenido los adornos navideños del bazar chino de la esquina puestos a la venta aquella misma mañana. La casa se iba quedando vacía. El desalojo fue precipitado, por la llegada inminente de la nueva inquilina y por un fin de semana consagrado a la celebración de la amistad, al amor a una de las dos mujeres que más quiero de este mundo y a los paseos por el paisaje de mi infancia. Un sólo domingo para vaciar una vida es demasiado poco tiempo para despedirse como es debido y el apremio te hace desafiar a los recuerdos para adecuarte a la cotidianeidad presente. Por eso, cuando a la tarde fui a arrojar lo poco que ya quedaba entre aquellas paredes blancas y vacias, me sobrevino un ataque de melancolía. Alguien había sacado las bolsas que había depositado en el contenedor pocas horas antes y había esparcido mi pasado sobre el suelo. Apuntes ahora innecesarios tomados con aquella indescifrable letra durante la carrera, calcetines cuyo par había desaparecido y que inútilmente había conservado a la espera de que dormitaran en algún recóndito rincón del piso, jaboncitos de hoteles en los que ya no recordaba haber estado…Cosas insignificantes, sí, pero a duras penas contuve el impulso de recoger todo de nuevo y llevármelo conmigo. Me alejé de aquella engañosa intimidad que ya no era más mía y terminé de empaquetar.
Vacía la casa respiré por última vez la nostalgia del pasado. Vacía la casa, deshabitado lo material, pero tan atestado todo lo demás: los recuerdos se marchan conmigo y ocuparán su lugar dentro de mí, apesar de que el hueco es afortunadamente escaso. Nunca me había sentido tan rebosante como me siento en estos días…en estos días tan felices.
Aguamala




Un laberinto de tres pisos que olía a aceite quemado nos obligó a bajar de la tercera a la primera planta para poder subir a la segunda. La habitación grande, oscura y atestada nos recibió con un golpe de calor transpirado y húmedo. La música atronante nos llegaba desde un escenario que no veíamos, pero que intuíamos entre destellos blancos asincrónicos. Nadie podría saltar desde allí por mucho que lo reclamasen. Nos quedamos a la entrada de la gruta, donde los menos valientes preferían respirar a ver. Un programa fue un abanico improvisado y una pared un buen lugar donde apoyar el hombro izquierdo.



Maxim conduce en silencio, con ambas manos en el volante. La oscuridad que duerme al día desdibuja su perfil de resucitado taciturno. Su mirada está perdida en la carretera por la que el coche se desliza casi por inercia. Parecemos volar sobre un asfalto que se ennegrece súbitamente a la sombra de una luna consumida. “Maxim..”, le susurro. Su rostro grave no se inmuta. “Falta poco”. “Falta poco… ¿para qué, Maxim?”. No hay respuesta. Un frío lacerante penetra por las ventanas abiertas. Le observo suplicante y me estremezco en el asiento de copiloto. Pierdo la noción del tiempo. Ya es noche cerrada. El coche se abre camino en la nada, agrietando la densa negrura con la mortecina luz de los faros.